domingo, 24 de agosto de 2014

Final (No hubo otro título posible, o siempre fui pésima para poner títulos)

Hay palabras que perturban, sacuden, marcan, marean, golpean y derriban. En mi caso, creo tener alguna certeza de que esa palabra es FINAL. De por si hay una sonoridad generada por las consonantes que admite una territorialidad, una imposición. Final. La F se inmiscuye en mi boca y se impone con generando la leve opresión de los incisivos contra mis labios inferiores, parece liberarse al llegar a la I, pero en la N mi lengua golpea dolorosamente sobre mi paladar para luego dar respiro a una airosa A que morirá con el impacto súbito de la L al relajarse mi lengua  y caer depresivamente sobre mi mandíbula. Ya ese movimiento me resulta aterrador, ese ínfimo acto de pronunciación, esa infinita tensión entre las consonantes mientras las vocales intentan producir un alivio inútil, jamás logrado.

Algunos creen en el final como el móvil hacia el nuevo comienzo, creen necesaria la despedida (Yo no, yo siempre prefiero darme cuenta del final cuando entendí el comienzo).  Yo veo el final como lo que es, el término de una sucesión de hechos, personas, palabras o sentimientos que quedarán perdidos en el éter, sometidos a convertirse en historia, obligados indignamente a formar parte de una torturada memoria. Un hecho, una persona, una palabra o un sentimiento que se reduce, se achica, pierde sustancia y  se convierte en imágenes virtuales e intermitentes proyectadas en la mente. Estoy segura que el temor no cambiará, la palabra final será mi mayor miedo hasta mi último día y si cierro los ojos mientras esa palabra ronda por mi mente todo se trasluce en una oscuridad nunca deseada, no la oscuridad cotidiana, no los miedos y los transitorios odios, sino una oscuridad en la que no deseo establecerme, en la que no quiero averiguar los riesgos ni dimensionar el peligro que implicaría habitarla.
Respiro y percibo que emito un quejido, rotundo y consistente, pero yo no escucho más que silencio en él. Mi quejido se revela en el mezquino sonido del silencio, de un silencio ignorado por mí. Si es silencio, nadie lo escucha. Y mi quejido… proviene del silencio, del vacío, de la pérdida.
Es que hoy se está vislumbrando un final y en este corto instante, mi vida y mis lágrimas se reducen a este final.  Uno que con el correr de los años quise evitar, desviar o prolongar su llegada. El final de algo que fallidamente intenté que no pase a ser historia, sino un presente constante y absoluto. Intenté preservarlo, revivirlo, reinventar ese lugar al que me llevabas en el que yo simplemente era, existía y vibraba, me retorcía del dolor y del placer, me cegaba y me abombaba, me aliviaba y me sentía, me sentía ser. Y en la magnitud de esos hechos, en la magnitud que significó arrastrarme por tu piel, ser náufraga de tu cuerpo interminable, ser tus labios por unos momentos... En la magnitud de esos hechos necesité ese presente, y quise hacerlo mío, definitivo e indiscutible presente. Incluso llegué al punto de necesitar que sea perenne, entonces abrir los ojos solo para verte y cerrarlos solo para soñarte, oír cautivada tu silencio y la lectura de tu trazo caótico e imbricado hasta las lágrimas. Que el final llegue solo con la muerte, la mía o la tuya, pero en tus brazos.

Pero el final siempre es inminente, corazón. El futuro significa siempre el camino hacia un final irreparable. El final es ese feto que se gesta en cada comienzo, en cada mirada. El tiempo, el tirano e inalcanzable, el más individualista de todos los males,  nos penetra fecundando un embrión que vivirá dentro de nosotros hasta el día del desprendimiento. Entonces, entre quejidos, miradas, quizás algunas lágrimas o algún alivio, nos suelta la mano, ahí nos suelta, nos abandona, ahí nace el final. Ese desprendimiento me conduce hacia una confusión, mezcla de negación e incredulidad y un ápice de incertidumbre, me hace responsable de un futuro en blanco y responsable de una decisión que baraja ciertas consecuencias que con solo pensarlas me sumerjo débil en la tristeza, la más insoportable. La tristeza que sabe del final.
Quisiera decirte que más allá de que esté de más, te agradezco por haber llegado al lado más profundo de mi sensibilidad. Sé que no es necesario nombrarlo, o nombrarlo le quitaría cierto valor tácito, el valor que se esconde entre estas líneas, el valor que oculta estas palabras, pero mi tendencia siempre fue la de adornar, la de sobrecargar… ¿para qué?... Nunca me detuve a pensarlo, pero si intento hacer un boceto, esgrimir un argumento cercano a la conclusión, me atrevo a decir que es para no develar mi crudeza, que siempre la siento tan roja, tan inmadura. Si no es mi crudeza la razón, probablemente sea mi tendencia a declararme inerme, indefensa. Porque yo entiendo que “mis adornos” funcionan como parapetos, como islas… aunque siempre fallé en creerlos puentes hacia algo, hacia mi sensibilidad o hacia mis lágrimas más internas. Pensándolo mejor, quizás esto de querer embellecer lo que hay, sea mi manera de retener, mi trampa para no cristalizar que en el fondo no hay más que vacío, un espacio resonante que no convoca.
Esto es solo un boceto de lo que me abarcar y me desborda. Mis palabras nunca llegan a alcanzar lo que corre maratónicamente dentro mío. Mis palabras nunca alcanzan. Yo tampoco alcanzo lo que me abarca y me desborda.

Hoy, el adorno, el embellecimiento, la metáfora y la analogía, fallaron, y se manifiesta frente al espejo, frente a mis ojos, dentro de mis ojos, que solo soy un vacío que se evanesce, que va desapareciendo, con el tiempo, con un cigarrillo, con un beso, con estas palabras. 

Hoy, como siempre, me voy desarmada luego de la batalla. Hoy estoy pariendo un final, y ningún otro, solo este final.

sábado, 24 de mayo de 2014

Erdosain

Alguien, un hombre precisamente, me había recomendado hacía un tiempo que lea “Los siete locos”. Si, la novela más emblemática de Roberto Arlt.  Esta suerte de amante -en el que no voy a entrar en detalles respecto al tamaño de su verga o de sus golosas manías sexuales- me dijo que el libro me encantaría,  sobre todo por la autenticidad de los personajes. Sí, siempre busco esos vínculos con mis amantes donde el tema central sea la literatura o la experiencia sensorial y sexual.

En fin, el día… mejor dicho, la noche que este hombre sentenció mi afición hacia ese tipo de lecturas, fue la última vivencia compartida. No por nada en particular, simplemente fue, digamos, un desprendimiento. Fue una gran noche. Él, impecable como siempre, predispuesto e infalible mordió una a una mis costillas. Pero así se fue, y así he de recordarlo. Aprovecho este escrito para agradecerle.

Conforme pasó el tiempo, yo me dudaba, me calmaba, murmuraba entre mi porque aquel sujeto me habría recomendado aquella lectura. En líneas generales no hay mucha ciencia en recomendar libros, uno más o menos entiende de qué va la cabeza del otro e instantáneamente une cabos pensando que, quizás, tal o cual autor podría llegar a gustarle.
Meses después decidí hacerle caso  a mi obsoleto amante. Era viernes (los viernes siempre son dignos de ser escritos… no, no siempre), ese día me desperté por la tarde. Tenía planes u obligaciones, no me acuerdo, pero decidí postergarlas y me fui directo a buscar el libro. Fui hasta una librería sobre Gascón que estúpidamente parecía trasladarme a algún suburbio parisino, algo en común con los lugares a los que asistía Oliveira para llevar a cabo sus encuentros con La Maga. La librería, no el barrio. El barrio no tiene nada que ver, pero la librería contrasta contundentemente y aún siendo una vidriera tímida frente a una fálica parada de colectivo, aún sin querer, se destaca.
Entré en el salón, un tipo de unos cincuenta con cierta desviación en sus pupilas con una cabeza pseudo pelada donde se le empezaban a asomar unas pueriles canas, fumaba escondido tras un mostrador que era más libros que mostrador. Si aquel instante hubiese sido un color, sería claramente el ocre. Me detecta y me dedica una mirada agradable. Comencé a buscar en los estantes, en los exhibidores repletos de libros usados, algunos casi nuevos sin vestigios de haber sido leídos, otros enmohecidos por el uso brillaban en el sepia de sus páginas acartonadas. El tipo me ofrece un mate, aunque demasiado lavado, había algo en el sabor de aquel que enigmáticamente encajaba con el contexto. Ocre. Apoyo las yemas de mis dedos sobre la fila desordenada de libros, lo encuentro – se me entrecorta la respiración– lo tomo, abro una página al azar, lo huelo y lo apoyo cerrado sobre el mostrador mientras busco algún billete dentro del saco. El librero contempla mi nueva adquisición, me contempla a mí de reojo, pero yo no miro, solo lo dejo ser el voyeur de aquel instante. Le entrego el capital durante agradezco la atención y doy el primer paso en la vereda con el libro todavía en la mano.
Caminando hacia mi casa apretando mi nuevo objeto contra el pecho, supe que por alguna indescifrable razón sería un antes y un después, dejaría un filo, un vapor. Es que de eso se trata, supongo.
 Dejé de hacer planes, dejé de atender llamados y solo me limité a leer, mientras el mate, el cigarrillo y la luz de la lámpara hacían lo suyo.


Así empezó todo. Mi obsesión, mi calentura, mi insomnio por Remo Erdosain. Remo, de tan solo pensarlo la mente se sumerge en un estado excitante de suspensión rotunda donde cualquier contacto sensible con su imagen toma la forma liviana del orgasmo, el atrofio de los sentidos, la omisión de la percepción. Un placer supremo que no opone resistencia.
Nombrar al ser amado ya amerita una situación de riesgo, de vértigo en la completud de la palabra, en el divino fraseo de la letrada armonía  y la sonoridad de las sílabas.  Navokov diría: Lo- li- ta, la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo, hasta apoyarse en el tercero en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta… Pero Navokov sabe del amor, habla y hace el amor mientras uno lo lee. Nada tiene que ver con este relato, solo nos une esa vibración.
A los días de estar leyendo el libro aconteció cierta casualidad, o causalidad, como sea.  Una mañana llegando a Capital, me bajé del 60 en plaza Italia. En dirección a la escalera del subte, un muchacho me entrega gratuitamente un diario, no recuerdo si era “El Argentino” o alguno de esos ejemplares matutinos y escuetos. No suelo aceptar ese tipo de ofrecimientos, pero sin saber porque, quizás en la vorágine misma de la situación, recibí el grisáceo papelito. Ojeé muy por encima las consabidas noticias, pero un pequeño anuncio ubicado en una reducida columna llamó particularmente mi atención: Un hombre, un reciente asesino, se descubre en un bar luego de un par de horas del siniestro, muerto, sentado, invisible, pasando desapercibido entre los dos o tres granujas que adornaban el salón con su miseria aquella mañana. Hubo un testigo. La policía llegó al bar a los diez minutos del hallazgo. Pensé en Remo, no como el asesino sino como el testigo. (Ahí entendí que ya no era solo parte de mi lectura). Cerré el diario, me di cuenta que en la distracción misma me había pasado un par de estaciones. Llegué tarde (como siempre).
¿El libro?, excelente. Indudablemente un ícono, el  reflejo de una época, un acto de sensibilidad pura transformado a las letras. Es un banquete para devorar en pequeños bocados, con la precaución justa para no llenarse antes de liquidarlo o la medida exacta para que cada mordisco no se convierta en un yunque irremediable en el estómago.
Ahora bien, para esa altura Remo se había transformado en mi gran obsesión, en el hombre ausente que siempre quise tener en mi cama, en el muerto en vida que siempre quise amamantar. Si, era desagradablemente incestuoso. Era el semblante masculino que siempre quise entre mis piernas y el más desprotegido niño para ser arropado. Él, el miserable que hervía mi clítoris a borbotones.  ¡Oh, Remo querido!  Así me inicié en la inexasperante búsqueda de tu alma, la cual yo suponía que debería estar bollando en cada suburbio de Buenos Aires, en los bares más precarios, en las calles más desiertas, en los recintos más inhóspitos y olvidados. En cada esquina esperé tu presencia, en la vereda de tu romano nombre. Suspiré… Augusto Remo. Erdosain.


Cada lugar de la ciudad al que iba era una ocasión para concertar el encuentro. Viajaba en los colectivos imaginando que veía a mi objeto de deseo caminando por alguna vereda del centro, de esas bien angostas en la que no caben dos personas caminando a la par. Divagaba, me ausentaba y creía verlo caminando por Salta o Combate de los Pozos con un traje haraposo, desalineado y sucio,  fumando el cigarro más barato, ignorado e invisible entre la gente. Unas cuantas veces pasé más tiempo del que debía en Plaza Constitución, prendía mi cigarrillo y me quedaba inmóvil entre los vendedores ambulantes recorriendo con la mirada el panorama. Entonces una vueltita o dos a la plaza formaban parte obligatorio de mi tiempo y terminaba llegando tarde -como siempre- a ciertos lugares. Y aún así no alcanzaba. No alcanzaba.
Cierta noche, en el auge de un tortuoso insomnio, decidí ir explícitamente en su búsqueda. Sí, yo se que suena a delirio, que el Erdosain que yo deseaba era único y solo estaba escrito, pero me convencí de que cada época tuvo, tenía a su Remo Erdosain, de que almas parecidas a la suya vagaban errantes por Buenos Aires, como frustradas luces subordinadas se movían, deambulando a la deriva y yo me convertía en arqueóloga de esos fósiles urbanos. Me calcé el primer abrigo que encontré y salí. La calle estaba desierta, creo que habrá sido algún martes. Las luces generaban más sombras que luces y yo caminaba sola moviéndome cabizbaja en esa oscuridad. No quise llevar reloj, no quise saber nada sobre el tiempo, no había merma posible. Tomé Medrano, pasé Corrientes y llegué a Díaz Vélez.  Doblé y caminé unas cuadras hasta Pringles, ahí me topé con el IMPA, una fábrica recuperada por obreros que produce aluminio a gran escala. Con solo divisar su fachada me fagocitaba en cierto viaje en el tiempo, un lugar intacto y preservado que hipnotiza a cualquiera, melancólica y gris se irgue aquel recinto en su pálida estructura sobre el adoquín.  (Sí, tengo una afición por los lugares que me transportan en el tiempo, ya lo sé). Me paré en la esquina en diagonal a la fábrica y la contemplé unos momentos en el delicioso silencio nocturno de la ciudad. Habré estado minutos, quizás una hora y luego decidí seguir. Tomé Querandíes hasta Yatay y a la distancia reconocí el túnel por sobre el cual pasa el Sarmiento. No sé porque de pronto me encontré siguiendo a un hombre con sobretodo que iba en dirección al túnel. Nuestros monocordes pasos atinaban a sincronizarse fallidamente reventando las suelas de los zapatos sobre la vereda. En la entrada del viaducto mi perseguido se da vuelta y me toma del brazo: “No debiste salir esta noche”, amenaza mi ahora perseguidor. Comienza a insultarme e intenta arrancarme el abrigo. Entre la penumbra del túnel pude distinguir su cabeza de buey cabreando en la maciza oscuridad, unos labios gruesos de color bordó se movían gelatinosamente por su lacayo semblante de drogadicto.  Un vomitivo vaho a no sé qué mierda era escupido por su amarillenta dentadura que sangraba con ímpetu. Toda su destartalada figura se condensaba en un miasma corrosivo. La degradante situación era más tensa de lo que deseaba. Empecé a sudar y creí estar condenada por un segundo. Deseé no haber salido a buscar a Remo. Me llené de ira con el canalla y sentí gestándose dentro mío como una masa turbulenta, las injurias más crueles y humillantes que había formulado mi materia gris. Vi mi lozanía partir y hundirse en la podredumbre de alguna bocacalle, vi mi niñez desmedrándose en hojas de otoño. Me sentí un feto, indefenso y deforme, imposibilitado de volver al seno materno. Me toma del pelo y me obliga a estamparme contra la pared, en la cual yo sentía una ola de lípidos impregnándose por mi mejilla aún colorada del golpe y una bacteriológica humedad que olía a cemento y meo.
Segundos antes de ser ultrajada, en el instante justo, en el momento preciado, en todo eso que podría llamarse fortuna o el arbitrario azar,  aparece otro hombre que en aspecto era bastante parecido a lo que yo imaginaba de mi amor literario. El otro me suelta y sale disparado hacia Rivadavia, su estado era nefasto e incoherente como para quedarse a averiguar que ocasionaría la irrupción de un tercero. Probablemente era un principiante, sino dudo de haber corrido la misma suerte.
  ¿Estás bien?, pregunta misericordioso el nuevo intruso.
 – Si, gracias. Le respondo todavía un poco acongojada, quizás conmocionada por el suceso. Lo miré y me atrajo, pero cuando caí en la cuenta de que fue mi salvador, descarté la posibilidad de que sea Remo, mi Remo y lo dejé ir por donde vino. Me rogó que me deje acompañar hasta alguna parada de colectivo pero le agradecí avergonzada y me marché. Probablemente esa noche me perdí una gran oportunidad, pero la verdad es que mi ordinario apetito sexual estaba tan masacrado como mi sensatez.
Esa noche llegué y por primera vez aquel año me eché a llorar.
Por unos días intenté calmarme, intenté omitir mis pensamientos y alivianar mis fantasías. Fueron días de repetidas masturbaciones y solitarios gemidos. Fueron días de soledad y escritura. Días de ver la angustia flotando por el aire, atravesando murallas y encarnándose en las gargantas de los hombres. La angustia arraigada hasta los huesos como la sífilis. Pero no fueron días de olvido. Me torturaba en las horas de la acaecida alba qué era lo que me enredaba a este desvarío.

Hice el intento por última vez, pero esa noche no fui directo en su búsqueda. Salí porque necesitaba salir, distraerme o abstraerme. No obstante, poco pude mentirme con la idea de que esa noche no saldría a buscarlo, tan frágil fue la convicción que con solo mirar la calle el deseo volvía a aflorar y esa obsesión se convertía sintomáticamente en una enfermedad que se expandía hasta cada extremidad de mi barroco cuerpo. Fui hasta el centro, caminé por Corrientes, percibí que llovía y me metí en un cine. En diez arranca una película, me dice el boletero. Pido una entrada. Domingo a la noche, el cine desierto. Era una de Isabelle Hupert, asiática. En la sala había tres personas más, pero ninguno de ellos lindaba con el perfil de Remo, entonces me abstraje en la pantalla. Por una hora y media pude sumergirme en una nueva ficción que me suministraba un poco de patético solaz. Efectivamente a la salida, todo había vuelto a su estado natural. Me paré en la puerta del cine dudando si seguir buscando por las angostas y laberínticas calles del centro,  ir hasta tribunales o quizás tomar por Talcahuano hasta Constitución.  No hice más que contemplar la estrepitosa lluvia que bañaba los taxis mientras estos corrían chorreados y furiosos por la avenida. A lo lejos se escuchaban unas irritantes y desesperadas sirenas, como si Buenos Aires estuviera en un estado de evacuación. Caminé empapada, arribé a Callao y me subí al 12 emprendiendo la vuelta. No hacía mucho yo había cambiado de domicilio y me costaba acostumbrarme a mis nuevos puertos. Iba reflexionando sobre acabar con esta idea de una vez por todas, pero no conocía mis límites, todavía no podía resignarme, no podía soltar el fervor y la adrenalina de encontrar a ese hombre.


Cuando me di cuenta, el colectivo ya había pasado la parada, me levanté precipitadamente y toqué el timbre. El chofer abre la puerta en el semáforo todavía en rojo, en medio de la calle, abre la puerta, en medio de la calle y yo no vi… al bajar, una moto que venía a cierta velocidad me atropella y caigo débilmente en el asfalto. Ilesa, increíblemente ilesa, malditamente ilesa. Dos pubertos de unos veintipico de años fueron víctimas del peor miedo de sus vidas. Me preguntan si estoy bien, asiento con la cabeza y me zambullo en la indefensa vereda. Un sujeto me escruta preocupado y ofrece llamar a alguien, lo niego. Comienzo a caminar hacia el lado contrario al que tenía que ir y cuando comprendo mi desorientación comienzo a reír a carcajadas, sola, a carcajadas entre la gente. Instantáneamente estallé en llanto. Volví a tomar el camino a casa roja de lágrimas, quería un abrazo. Alguien pasó por mi lado y casi le pido que por favor me abrace, que necesitaba el contacto, que no importaba, que no quería más que un miserable abrazo. Pero nunca fui buena para pedir, tampoco para recibir.

Ese domingo llegué, fumé y dormí. A los días todo me resultaba anecdótico. No voy a afirmar que todo pasó a ser parte del pasado. Claro que no, a veces mientras viajo en colectivo imagino a mi mortífero Remo flotando por las calles odiando a cada ser humano que contempla, pero claro está, es parte de la fantasía… fundirme con él en la inexistencia, invitarlo a mi departamento y dormir juntos para que al otro día despertemos angustiados. Que se vaya y que vuelva cuando quiera, a cualquier hora. Que se adueñe de mí, de mi casa, de mi cuerpo, que me coja o que no me coja. Que estemos juntos y ausentes y vacíos e insatisfechos. Miserables, preguntándonos qué es lo que habrá que hacer para no sufrir más. Verlo sentado en el abismo de la cama con los codos clavados en las rodillas y el rostro entre sus manos. Todo eso, querido Remo. Todo eso, mí deseado Erdosain.

Conforme pasaron los primeros meses, me torturaba la idea de que todo acabe ahí. Esta seguridad de no tenerlo… al principio me enloqueció, ahora me he resignado.





Todavía no leí “Los Lanzallamas”.

lunes, 31 de marzo de 2014

Dos metros bajo tierra.

No tenés idea cuanto me excita cada vez que te palpo en sueños. Despierto y mis sábanas son testigos de esa experiencia tan nocturna. La humedad me asedia y quiere tenerte entre mis piernas mientras tu imagen se desdibuja, pero aún se que sos vos, la que está ahí conmigo en ese contexto sustraído, lejos de alguna realidad sensible. Estás ahí, indefensa y entregada, como a mi gusta. Me decís homosexual y nos golpeamos. Te digo homosexual y nos besamos. Y en ese instante sos así de sexual.
"Así me gusta soñarte", te decía mientras cerrabas la puerta de la habitación y te sacabas la remera descubriendo ese torso pequeño y ese abdomen trabajado (se que decir "trabajado" suena poco poético, pero es la palabra única para definirlo, y la que más me calienta) que tanto me eriza, tus rulos y tu boca curiosamente femenina.
Por alguna razón yo vivía en dos casas al mismo tiempo, mi departamento desde hace casi un año en la calle Soler y una casa ubicada en Congreso, por la calle Moreno. Quizás esa casa era un significante con un significado al que en este momento no me atrevería a darle un sentido. El lugar era ese, mi otra casa sobre Moreno, cerca de Entre Ríos (podría haber sido una casa a la que asistí, pero no, era otro lugar inventado por mi mente, conjugado con otros lugares que vi y nunca vi). No voy entrar en detalles sobre lo sucedido, ambas sabemos lo que hicimos en aquel sueño donde el sol se tamizaba en las cortinas.
Ambas satisfechas salimos de la habitación. Algunos nos esperaban fuera, no recuerdo los rostros.
Mi desconocida casa parecía estar en restauración y fuimos a explorarla. Vimos una escalera provisoria, improvisada con una madera pseudo tablones muy precaria. Recuerdo oír aserrín, recuerdo oler el movimiento de la escalera mientras ascendíamos. Decíamos que ascendíamos pero yo podía vernos desde lejos como todos bajábamos esas escaleras. Poseía la lógica del sueño, insensata y entreverada lógica inexistente. Mientras subíamos/bajábamos las escaleras, distintas conversaciones un tanto superficiales emanaban de nuestras bocas. Las risas retumbaban en la madera de la escalera y nosotros sentíamos un leve temblor al pisar cada peldaño, hueco y estático.
La escalera se detenía en una puerta, un cruce de caminos, podíamos no abrir la puerta, pero la abrimos. Queríamos ver que había en mi propia casa.
Desde el umbral de la puerta dimos un pantallazo general a esa peculiar habitación que olía a lirios, a jazmines, a rosas, a lilas, o a esa mezcla repugnante de flores que no sabemos cuales son, solo que se esmeran empalagosamente en querer ocultar otro aroma aún más repugnante. El piso estaba cubierto por una alfombra tan suave como el seno materno. El techo cetelleantemente blanco, las paredes color cremita. Pulcridad extrema podría ser el mejor adjetivo para aquel recinto.
Cuando penetramos la entrada sentimos una energía extraña, perturbadora, más bien siniestra. Lo siniestro, lo cotidiano extrañado. Eso fue, eso sentimos. Lo cotidiano extrañado y lo cotidiano extraviado. Porque de alguna manera estábamos perdidos dentro de mi casa, era gracioso y absurdo. Era hasta degenerado el sentimiento de haber viajado en tiempo y espacio con solo subir/bajar una canónica escalera de madera.
Grandes sillones de finos tapizados se desplegaban en el lugar, y de pronto, como otro mueble más veíamos ataúdes lujosos del primer mundo. Rectangulares, brillosos, laqueados, pintados. Manijas de oro enchapado aguardaban altivas las manos de algunos hombres forzudos que sean capaces de trasladarlas a destino.
Los sillones tanto como los ataúdes no estaban desperdigados al azar, estaban depositados de una forma precisa, sencilla, pero precisa.
Un grupo de tres personas se acercaron a recibirnos: un hombre de unos treinta y pico con el espíritu parco de un hombre de sesenta; una señora muy señora estereotípicamente señora oficinista atención al público de irritable prolijidad y de blonda edad; el tercero o tercera no fue digno de mi atención, no sabría especificar por qué, simplemente no lo fue. Cuestión que estos curiosos empleados parecían asistir a una ordalía medieval pero con una actitud muy posmoderna (espero que este concepto pueda definir sus comportamientos). Hablaron de ciertos "servicios" o "especiales y personalizados servicios" que dependían del capital que uno esté dispuesto a invertir.
Quisimos ahogarnos más en el asunto y seguimos caminando hacia el fondo de la sala. Nos cruzamos a un párroco, con semblante de inquisición, pero no nos dirigió la palabra, solo hizo un ademán de bruta cordialidad.
De pronto un circuito de camarines nos invadían. A ver, como explicarlo... una fila de tocadores con espejos y bombitas de luz, una masiva cantidad de maquillajes rebalsaban sobre las mesas. Era una especie de circuito, de recorrido, de visita. Éramos la visita. Vimos gente, humanos con una actitud rebosante, felices. Todos estaban maquillándose, asediándose, preparándose para la meta. Suena gracioso el término, pero así le decían ellos: la meta o la meca.
La meta, ese último y único lugar. Esa que nos unifica y que nos revela nuestra finita condición humana.
Este sector "camarines" estaba exacerbadamente iluminado, no querían que se perdiese detalle alguno. Una señora se empolvaba las mejillas con un rubor carmín, sus labios borgoña sonreían descaradamente y nos miraba a través del espejo. Nosotros indagábamos curiosos y silenciosos a los protagonistas de nuestro "tour". Eran muchos, de todas las edades. Un par de pibes corrían por el lugar, olían a frescura y gomina. No eran de antaño, eran de nuestra época, del 2014 con todo lo que eso acarrea. Una madre pasó con su bebé en brazo y todos tiritamos al unísono.
Ellos, todos y cada uno, se vestían, se preparaban a su antojo para el último acto... No entendíamos si nosotros también teníamos que comenzar a maquillarnos, a elegir los objetos o seleccionar la indumentaria que instantes después estaría dos metros bajo tierra. Otra vez volvía el olor al cóctel de flores, se entreveraba con el polvo y la colonia.

Ahí desperté, en ese momento rancio donde el sueño se apaga y no cabe lugar para él en el plano consciente. -Termina la película y se encienden las luces- La realidad irrumpe destrozando la vigilia.
Ahí abrí los ojos en la misma cama donde te había tenido, sobre la calle Soler. Me siento en la cama con el sabor del sueño todavía en el paladar mezclado con la saliva matutina y el gusto del cigarrillo de la noche anterior. Una vez más despierto. En mi cama vacía.

domingo, 2 de marzo de 2014

Una de las tantas conversaciones estériles que tuvimos alguna vez y que ya no tenemos.


M- ¿Cómo te enteraste?
H- Me enteré.
M- ¿Quién te dijo?
H- No importa.
M- (...)
H- Olvidame. Soy una bestia, un animal.
M- No sos el más indicado para decir eso. Mirá donde estoy...
(Pausa)
H- Nunca vas a dejar de ser así.
M- ¿Así como?
H- Así.
M- ¿Sos real? parecés un... esas cosas que... Si no fuera porque hablás siempre las mismas infamias, pensaría que sos parte de la alucinación permanente que genera este lugar.
(Silencio de él. Se miran)
M- ¿Qué querés de mí?
H- Nada, nunca quise nada de vos.
M- Desgraciado, seguís siendo el mismo. ¡Qué ilusa que soy! esa pregunta siempre fué la más recurrente y tu respuesta la más mentirosa.
(Pausa)
H- ¿Tenés un cigarrillo?
M- (ríe) ¿Querés un whisky también? Fijate que debe estar al lado del suero y las inyecciones. Perdón que no me pueda levantar a servirte como antaño... Idiota.
(Pausa.  Él mira alrededor, ella mira hacia un vértice del cuarto)
M- El médico me preguntó por qué estaba acá... nunca supe responderle. Le pedí que me deje escribir y me halagó. Solo puedo escribir sobre este lugar y las mentes heridas que lo habitamos. Miseria pura. Quizás escriba este diálogo, siempre tuve memoria para recordarlos a menos que las pastillas me hayan terminado de quemar el cerebro (ríe)... A vos no te haría mal estar acá.
H- Yo no estoy en ningún lugar. Solo en el pasado.
M-  Cínico...
H- Sabés que es así. Nunca pude, nunca supe hacerme cargo del presente.
M- Pero te atormenta...lo mirás de lejos y te atormenta. El presente te quiere dar una paliza y vos seguís cogiéndote al pasado. Sos un necrofílico. (Silencio) Perdón, de tanto estar acá, todo se volvió negro... hasta mi humor.
H- Por lo menos te queda un poco de humor.
(Silencio, ella mira la ventana. Él la puerta)
M- Parece ser un lindo día.
H- Nunca te importó demasiado el sol.
M- No, me hace acordar a mi niñez y me pone melancólica. Teniéndote cerca nunca me importó demasiado nada.
(Silencio. Basta)
M- Justo, anoche soñé con vos. Soñé que eras padre, te veía con tu familia... un nene, tu primogénito... Lo peor de todo es que eras feliz y que yo no formaba parte de esa felicidad. Yo lloraba, quise gritar pero no pude, comencé a correr hacia vos y el camino conducía hacia el lado contrario. Vos me mirabas con desprecio, me mirabas... me ignorabas... te odié. Tenía ganas de reventarte la cabeza contra una pared. Yo corría en pijama por la calle como una desquiciada y la gente se me reía. En ese momento se me empezaron a caer los dientes y el pelo. Yo lloraba, quise gritar pero no pude.
H- Yo también soñé. Había un cura dándote la extremaunción...pero el cura también parecía ser una especie de sepulturero, tenía una pala y comenzaba a echarte tierra encima, sobre la cama, una cama muy parecida a esta. No se sabía de donde, pero escuché un réquiem, y sentía el olor de la liturgia que se mezclaba con una brisa de corona de flores y pompas fúnebres. Y el olor de la tierra. Me dieron ganas de vomitar. Vos me mirabas, en el fondo sabías lo que yo pensaba en el momento: que era lo mejor. Me desperté descompuesto, mareado, abombado.
M- Bueno, no sé qué tan irreal es ese sueño.
H- Me desperté bastante agustiado y decidí venir.
M-  No debiste hacerlo.
H- Estás muy flaca, se te notan las clavículas y el esternón, pero aun así seguís teniendo tetas.
M- ¿Te gusta?
H- No, estás muy flaca.
M- A mí sí me gusta, siempre quise verme consumida.
H- Tenés los ojos caídos. Estás demasiado ojerosa. Siento lástima... pero de la buena, no de la humillante. 
(Silencio. Él mira las cicatrices)
H- Qué manera de arruinarte la piel...
M- Me gusta cómo me quedan.
H- No debiste hacerlo.
(Ella ríe)
H- ¿Fue por mí?
M- (riendo aún) Vos solo te podés adjudicar la infelicidad de una persona. Siempre fuí así.
H- Si tan solo...
M- (interrumpiéndolo)...Si tan solo tu imagen no se manifestara en la ebullición de la noche mientras mis sábanas se quiebran...
H- Si tan solo tus ojos no fueran como la erosión del cielo cobrizo en la metamorfosis nocturna. Sos de noche, sos todas mis noches. Yo no puedo, realmente no se como se vive una vida a solas...
M- Callate, me contagiaste tu melodrama hace años y recién ahora comienza a aburrirme. Lo mío es sincero.
H-Lo mío también...
(Silencio. Demasiada sinceridad de ambos)
H-Mi amor, esto ya es demasiado... no nos hemos hecho ningún daño.
M-El daño somos nosotros mismos y si el dolor nos genera un placer arrolladoramente hermoso, esto no terminará hasta perecer definitivamente enredados en nuestras pieles.
H- (...)
M- El silencio fué siempre tu mejor respuesta, la más sincera de todas.
H-Yo no estoy en condiciones de amar, vos no estás en condiciones de vivir.
M- ¿Qué esperabas?
H- ¿Me extrañás?
M- ¡Qué evasivo! Si no es el silencio, es otra pregunta.
H- Respondeme, por favor.
M- ¿Debo responder?
H- Sí.
M- ¿Porque?
H- Porque sí.
M- ¿Porque siempre hay que responder a tus preguntas?
H- (Mira sin entender, busca en su cabeza una respuesta y no la encuentra. Balbucea inútilmente): Porque es mi deseo. Siempre desee que tengas todas las respuestas para mí. Cuando yo quisiera.
M- Yo no estoy dispuesta a cargar con un inconstante. Vos no estás dispuesto a cargar con una enferma. Andá, volvé a lo de siempre. Vos ya elegiste tu mujer. Siempre elegiste tus mujeres y yo nunca fui una puta opción en tu reputísima vida.
H- No puedo irme. No doy más de extrañarte.
M-Extrañás algo fuera de tu rutina, imbécil. ¿No entendés? La que empieza como segunda, termina como segunda ¡Siempre voy a ser la segunda para vos, siempre voy a ser un lugar a donde volver, una vía de escape para tu cotidianeidad de mierda! (Se agita, respira y se detiene) ¿Vos me vas a sacar de acá?
H- (...)
M- Estoy hablando con un parapeto. ¿A quién quiero conmover con esto, si no hay nadie del otro lado que me esté escuchando? No te importa, sos inconmovible. ¡Andá con tu mujer!
H- (Calla, inmutable pero angustiado. Nunca tuvo las respuestas)
M (impotente)- ¿Cómo hiciste para dejarnos?... te lo pregunto con toda la sinceridad que puedo llegar a tener... digo, fue admirable... un día dejaste de escribirme... ya no estabas. Enserio te lo pregunto... ¿Cómo hiciste?
H- Me pediste que no vuelva.
M- Sabés que no lo decía enserio, sabés que yo no puedo. No siento nada en tu ausencia. Soy una puta insensible.
H- Era para mejor.
M- ¿Para mejor de quién?... ¿El de tu relación? (ríe exageradamente) Te necesito tanto como a mi miseria interior... los dos tienen la misma potencia, la misma intensidad... ¿Por qué siempre hiciste como que no te dabas cuenta?
H- Era lo mejor...
M- ¿Si? ¡qué paradójico! Mirá donde estoy ahora...
H- (cansado) ¡Tenía que pasar! ¡Sabías que esto en algún momento iba a pasar! Lo planeabas... mientras nos acostábamos pensabas en ese placer. Yo estaba adentro tuyo y sentía toda esa crudeza que te excitaba más que mi sexo.
M- Está bien. No somos el amor de nuestras vidas, pero yo hubiese envejecido en tus brazos y no me diste la oportunidad... ¿Lo sabías, no?
H- Me estás matando.
M- Nos estamos matando. Yo mentalmente y vos físicamente.
H- Prefiero morir sintiendo algo, aunque sea un poco, un ínfimo placer.
M- Es que hasta que no nos matemos no podremos vivir. Nunca. Es como vivir para la muerte sin vivir el transcurso de la vida.
(Entra el médico. Ellos callan, él contempla la situación. Silencio. Rompe la quietud. La toma de la mandíbula. Ella abre la boca por inercia y le da unas pastillas. Sale)
M- Es increíble. Las primeras veces sentía como se me dormían los músculos de la cara... ahora ya no, ya nada, ya no estoy, ya no siento ahora, nada.
H- Me voy...
M- Andá.
H- ¿Me vas a llamar cuando salgas?
M- No. Ni siquiera sé si voy a salir. ¿Esa es tu reflexión?
H- Yo...
M-  Siempre tán básico.
(La mira con los ojos vidriosos, lastimero)
H- Me voy.
M- Como siempre. Nunca estamos. ¿Qué día es hoy?
H- 20 de diciembre.
M- Ah... claro, mañana es verano. Nosotros no existimos en verano.
H- No, no existimos.
(Él se levanta de la silla y se acerca a la cama. Intenta besarla pero se da cuenta que rozar esos labios le quitarían todo el recuerdo de la pasión que alguna vez sintió por ella)
M- Chau. Quizás vuelvas el próximo otoño.
H- Quizás seamos en otoño.
M- Tengo miedo de que no vuelvas. Tengo miedo de que no haya otoño este año.
H- No sé.
M- Se me cierran los ojos. Fármacos putos. Se me infla la cara toda. Chau.
H- Cuidate. Llamame cuando salgas, por favor.
(Sale. Ella duerme, siempre duerme)

sábado, 7 de diciembre de 2013

Penélope

Tener una cualidad intrínseca o natural, o poseerla de modo permanente: soy una mujer.

Casualmente me encontré con ese ejemplo. Causalmente parecía ser el casual modo de encontrarme con mi propia falencia. Parecería ser que algo de lo que me digo a mi misma no lo estaría escuchando.

Y así, llegué a un puerto en donde nadie me esperaba. Llegué haciendo señas absurdas e incomunicables, casi fuera de este mundo. La luna parecía tibia desde el muelle, cruda y arrugada al mismo tiempo (nadie dijo que éstos serían antónimos). A la larga el paisaje parecía ser lineal, ahogándose a cada instante en su monotonía.

Por alguna razón quise contemplarme en el agua y no vi más que agua, no vi más que demasiada agua, demasiada para mi alma que en aquel momento solo tendió a encogerse. Ahí, podría decirse que hubo algo de vibración -estado que me resulta muy ajeno, como si no fuese una cualidad intrínseca o natural-. Estado de un cuerpo sensible.

Llegué al muelle y fantasee con encontrarte, siempre mi fantasía se reduce a un encuentro. Siempre mi fantasía se reduce a eso, fantasía desbordada sin concretar. Siempre mi vida se reduce  a la fantasía. Alimento pseudo onírico que me hace retornar a la experiencia del cuerpo sensible. 
Pero nadie bordea estos parajes derruidos. Estos páramos tumultuosos que lindan con los yermos más acabados. Ni siquiera un navío cansado, oxidado. Ni siquiera un pescador errante se acerca a este muelle, que es mi punto de inflexión con el mundo.
¿Habrá algo más solitario que este piélago desértico?

Vi agua, mucha. Ese era mi encuentro, el agua mucha. Alguien (no me preguntaré quien, no) me había atado una bolsa con piedras, pero cuando llegué a la orilla la bolsa cayó sin mí y el agua mucha la devoró. Comencé a reír, me sentí Sísifo. Pero yo nunca fui ningún mito. 

Caminé varios kilómetros en pendiente hasta llegar al acantilado, pero cuando intenté arrojarme a aquel abismo, los filosos bordes de las rocas se transformaron en las plumas más inofensivas sobre la faz de la tierra.

Pregoné blasfemias al cielo, me retorcí en la hierba hasta que mis cuerdas vocales se cortaron y enmudecí desesperada bajo un mundo con demasiada vida, con toda la vida que detesté siempre.

Busqué veneno, lo bebí y se transformó en el vino maduro que derraman ebrias las bacantes. Encontré una liana lo suficientemente resistente para tensarla en mi cuello y se desintegró como una nube azotada por el crepúsculo. El fuego era agua. El agua era aire.

¿Por qué vil naturaleza, maligna, no osáis permitirme saborear el dulce vuelo hacia la muerte atando el frágil hilo de mi existencia a la caprichosa esperanza  del reencuentro con mi amado?

He de tejer un sudario con mis lágrimas contenidas, cada puntada vehemente que daré tendrá el ímpetu de mi soledad crónica. Las agujas serán como mi fidelidad eterna hacia el hombre que no es más que un recuerdo impertinente.  Así he de tejerlo, deshaciendo durante la noche lo que construyo durante el día.

Quería entender la vida mediante la muerte. Guardo bajo mi piel todos los otoños mezquinos y volátiles de la Ítaca homérica (referencia a quien me escribe). Otoños evanescentes, de azúcar impalpable. Quise saber por todos los medios posibles qué significaba ser. Solamente el significado de la palabra, y obtuve mi respuesta, la más evidente, la única.

domingo, 27 de octubre de 2013

Umbral urbano


Es día de semana en la vía púbica de alguna urbe. Algún lugar. Cualquier lugar. Hierve el sol -egocéntrica estrella magnánima-, quema desde el cenit el asfalto, los techos, los cueros cabelludos, las pieles andantes.

En aquel punto meridiano, más precisamente en una esquina, un hombre y una mujer se miran detenidamente. Contraste evidente con la calurosa muchedumbre. Toda vorágine ardiente pareciera estar en otro plano de la realidad, como una proyección visible pero intangible, proyección ensamblada en aquella estaticidad creada por ambos. 

El hombre quiebra la quietud posando ambas manos en los hombros de la mujer y desliza sus palmas hasta llegar a los codos. Con vehemencia los arranca de un tirón sordo. Aprehende un brazo en cada mano y se lo injerta en sus axilas peludas, sudorosas.

A media cuadra se oye el regodeo de unos niños en la plaza, el ladrido de unos perros enloquecidos, el sonido de un cuerpo deslizándose por el tobogán. Filosos guijarros que se entrometen dentro de las zapatillas. Guijarros y arena. De plaza.

Mientras, él la estaría besando. Las puntas de las lenguas se encuentran dentro del terreno acuoso, se acarician. En simultáneo ella es peinada con una sutileza masculina, diríamos, soberbia. Como cerdas de una escoba, las yemas y uñas barren las crines castañas. Una maniobra pacífica, una técnica fina, finísima, con el filo del calcio, uñas de leche de aquel hombre, portador de una ternura persistente. Los frenos de un colectivo se clavan en la avenida reculando ante el rojo del semáforo. Cae cada pelo hacia el piso, se deslizan por el aire conducidos por la inercia.  Pelo, beso, aire, beso, pelo. Un hombre que besa y deshace. Succiona a tal punto que termina adueñándose de la lengua mujeril. En toda su boca, ambas lenguas aletean como peces en la superficie y se retuercen meneando su barbuda mandíbula. Finalmente, la deglute.

Ella lampiña. Ella imberbe. Desde sus ojos de mujer, ojos de vértigo, ojos lisiados, ojos inmóviles, comienzan a caer débilmente las lágrimas, tropiezan en la pendiente del ojo y caen al vacío desmembrándose en la vereda. Ella se da media vuelta, comprendiendo el devenir inminente. Él mira detalladamente: la espalda, la nuca, la médula y en un arrebato dulce le besa el cuello. El cuerpo manco emite gemidos ambiguos, delgada línea entre el placer y el dolor. Las veinte yemas de los veinte dedos de los cuatro brazos de un solo cuerpo se posan en la espalda y delicadamente desmenuza la columna vertebral cual artesano desarmando un cordón trenzado. Puede verse como la mujer en cuestión muerde sus labios con un furor gélido. Ella cae instantáneamente sobre el pavimento, invertebrada, desmedrada. Sus piernas inútiles poseen una laxitud incoherente. Largas piernas como de muñeca, largas piernas tiernas de algodón, crudas y hermosas piernas impertinentes.

Todas las miserias al unísono, todas las penas sincronizadas, pero el cuadro aún no termina. 

Las vértebras delimitan la escena. Hay pelos esparcidos por la vereda, el aire, sus ropas. El hombre da su último golpe, el letal. Necesita cerciorarse, saber si ella está encendida, sexualmente evaporada. Una mano derecha se posa bajo la pollera llegando a la bombacha. Con las restantes quita de su camino las piernas para cumplir su objetivo. Palpa con las yemas la vulva corroborando la humedad de la misma. Acaricia lento. Ambos gimen. Se regocijan, se excitan. Él hubiera querido penetrarla. El índice y el grande son insertados en el interior de la vagina mientras el pulgar resiste por fuera  y con un movimiento culmine desarraiga como un anillo de oro el cilíndrico canal uterino. Lo toma entre sus manos, mira por dentro. Lo pone a contraluz. El sol brilla. Un rayo de luz tibia atraviesa la vagina extirpada. El sol retrocede ante una nube. La mujer es sombra, una mancha sobre la vereda, un baño de huesos y vísceras.  La mujer es sombra y puede verlo. Puede verlo, verlo y escuchar ese silencio, esa columna extirpada, esos brazos arrancados, esa boca deshabitada, ese cráneo desnudo, ese sexo anulado. Pues no es casual que aquel caballero no le haya arrancado los ojos de un impulso edípico ni le haya acuchillado las orejas cuan pintor desesperado. Claro que no es casual, máxime si este hombre pretende dejarla aún con vida.

Él no quiere matarla, no es un asesino. Claro que no, querido lector. No lo juzgues. Él quiere su corazón intacto.

El hombre pide un taxi. Libre, cartel rojo. Libre, taxi en movimiento. El sol se pone. La ciudad se vuelve umbral. Fin.

domingo, 22 de septiembre de 2013

La última palabra.

Era Buenos Aires, estructuralmente era Buenos Aires. Podría haber sido otra ciudad, en otro país o continente pero no. Era la Buenos Aires de nuestros días, pero no sabía a presente. Nada se sabía del presente. Esa mañana salí de mi casa cabizbajo. Comencé a caminar a destiempo, en otro aire que no era el mío. Mis pies, con cierta alienación e ignorancia, se apoyaban duros sobre las baldozas, mientras algunas -cuidadosamente desencajadas del piso- hacían vibrar sólidamente mis pasos. Deduje que había llovido cuando sentí el agua entrar en mis zapatos.
Cuando hecho una mirada en derredor, comprendo que era Buenos Aires, pero a medio construir. Las calles, delineadas de forma intacta, carecían de semáforos y señales de tránsito. Es que no había tránsito alguno. Un edificio de aproximadamente unos catorce pisos sobre la calle Bolivar distaba de ser habitable. Era un cemento constante emergiendo de una superficie precaria. Todo estaba a medio construir o a medio destruir... como si hubiese sido saqueada, o podría haber sido una situación post guerra luego de que ciertas "autoridades" o algún resquicio de sociedad se encargó de ocultar y/o deshacer el delito. Claro, algo así, se deshicieron de los cuerpos, de la sangre y las vísceras secándose al sol. Era físicamente imposible... ¿como no...? ¿En que momento se...? No.
Primero comprendí esto, luego comprendí mi soledad. Ciertas veces, en algún insomnio o durante el hastío de un viaje en subte fantaseé con ver esta ciudad pelada, pero mi sensación era inimaginable. O quizás, era de esas situaciones de las que uno especula determinadas reacciones pero que en el momento real, físico y tangible en el que uno las atraviesa, resulta ser casi contrario a lo que uno sospechó.
Encaré hacia Corrientes para desembocar en el obelisco, y desde lejos pude ver una estructura de fierros mortalmente pelada, desnuda ante la amplitud vertiginosa de la avenida desierta. No comprendía. Me mostraba reacio a la creencia del mundo post guerra, o a la restauración completa de la "capital astral". Sentía desdén y hasta temor de vivir un sueño del cual yo no podía despertar. Llegué a replantearme si yo habría muerto...
...muchas veces en el afán de encontrarle una explicación a la muerte pensaba en que ésta sería un estado permanente de letargo y ensoñación, por toda la... eternidad... -¿hasta cuando?-, no se... hasta que los polos se desmolden y nos ahoguen en una respiración obsoleta. -¿Respiración?-. No hay actividad cerebral en el estado pos mortem... -¿Entonces que es? ¿El paraíso, el purgatorio y el infierno?-... No me puedo permitir pensar así, ya no estamos en el renacimiento. Dante lo describía de una manera exquisita. Pero no, sería casi igual o mejor que una película de ciencia ficción. -¿Entonces, por dios, qué somos? ¿De qué carajo se trata? ¿Qué hay? ¡Por el amor del cielo! ¿Un blanco constante, impertinente, perenne?-. ¿Será que vivimos todos los días creyendo saber que significa la nada, pero solo en el sueño eterno de la muerte sabremos con exactitud su verdadera esencia?.
No había un rastro ínfimo de vida allí. Ya no me agobiaba la sensación de caminar mientras ciertos transeúntes me clavaban el filo de su retina en los hombros. Si, así se sentía antes... era en los hombros, la médula, en el cráneo; en esos lugares la gente depositaba la punta de sus cuchillos críticos y morales.
Todos los inmuebles vacíos, con sus respectivos huecos y orificios destinados a puertas y ventanas pero totalmente desprovistos de las mismas. Busco en los bolsillos de mi saco y doy con un cigarrillo aplastado y una caja de fósforos, húmedos. Lo prendo, a sotavento, refugio el fuego con la palma de mi mano y lo prendo. Húmedo, cancerígenamente húmedo.    
Así era la cosa, yo en el medio de todo, sumergido hasta las muelas en el irremediable mundo de la soledad. La soledad... estar con uno mismo. Entiendo que en reiteradas ocasiones elegí mi soledad. Entiendo que hubo mujeres que dejé ir, otras, afortunadamente, se fueron por cuenta propia. Pero ¿qué iba a hacer? Acaso debía entregar mi remanente de vida a una mujer que no besaba, que no aplicaba bajo las sábanas la caricia entera o no forcejeaba con la fuerza justa?
Es verdad que dejé ir. Si, es verdad. No obstante, un presente tan abrumador como este me coloca en un tiempo irreverente y eso suena aún más angustiante. Donde hay un pasado muy consistente acechando tras mi nuca, un presente inentendible e inabarcable y un futuro inimaginable.
Quizás si volviese a mi casa... y me tiro a dormir... mañana será como antes, como lo fué siempre.
¿Donde está el desgraciado mundo que contagia las calles con su inmundicia humana?

Bajo por Avenida de Mayo para rememorar algo de aquellas calles antaño habitadas. ¿Qué iba a hacer?
Mi estómago estaba cerrado como una cripta, mi garganta solo demandaba más tabaco. Caminar podía ser mi único pasatiempo, deambular fervientemente quizás me llevaría al encuentro de algo inesperado. Así pasé el Congreso, hueco, inútil, decadente (una perfecta analogía de su función inconsistente).
Llegué a la estación de Once y me sumergí dentro. Todo era tan desolador. La noche ya se mostraba soberbia en la ciudad.
Me senté en un banco, limpio, inmaculado, sin uso, el único que había. Me siento y contemplo en silencio las vías, nuevas y abandonadas. En eso, pensé estar delirando pero vi que desde los rieles caminaba un hombre parsimoniosamente hacia mi. Quizás era alguien que también había sobrevivido. Un provinciano que no hizo más que caminar por las vías hasta desembocar en Once.
Comencé a temblar incesantemente, no se si era por la esperanza que éste representaba o el miedo a estar frente a un holograma. Escucho que a lo lejos este hombre pregunta:
- ¿Hace mucho que espera el tren?
Era la pregunta menos esperada ¿Acaso este imbécil no comprende lo que pasa?. Yo respondo energúmeno:
- No espero nada, señor.
- ¿Entonces? ¿se dedica a mirar la nada mientras el mundo galopa furioso por estos lados?
- ¿Está delirando?
- ¿Como es su nombre?
- Juan. Juan Favre. ¿El suyo?
- Digamos que en cierto punto somos tocayos. Poseo todos los nombres que usted desee.
-Usted comienza el interrogatorio de forma muy relajada, yo respondo. Le pregunto algo tan simple como su nombre y usted me responde, de forma intransigente, filosóficamente nada.
Comenzaba a cansarme este granuja desconocido. Encaré hacia la salida de la estación. Un temor espantoso me recorrió la vértebras. Sentí que me hablaba al oído, pero cuando me doy vuelta estaba a más de cien metros de distancia.
- La filosofía es un juego de hombres, Juan. El sistema es el juego inagotable de los hombres. No me venga con subterfugios estúpidos, amigo. Usted sabe tan bien como yo que ambos no pertenecemos al sistema.
- ¿Quien sos? ¿De donde carajo venís?
- Pregunta... usted pregunta como si la respuesta alivianara su incertidumbre. En fin, mi nombre es Luzbel, vengo del oeste caminando por estas vías. Caminé para encontrarlo acá.
-¿Y porque me busca? ¿Como fue que sobrevivimos? ¿Donde está la gente?
- ¿Sobrevivir a que, mi querido colega? La gente está donde siempre, las cosas están como siempre. Todo en su lugar correcto (Everything in it´s right place). Lo que no quiere entender es donde está usted.

Por un segundo, sentí como las neuronas fluían vertiginosamente dentro de mi cabeza. Los oídos comenzaron a zumbarme con una estridencia inusitada. El aire entraba por mis narices y cuando intentaba llegar a mis pulmones, sentía que mis vías respiratorias estaban obstruidas por un cilindro de metal irrompible. Mi vista tornose llorosa, las lágrimas se iban diluyendo con el sudor que poblaba mis mejillas. Cerré los ojos, con incesante agitación logré balbucear:
-Estoy en la estación de Once, canalla.
- No es cierto, usted sabe que no es cierto. Abra los ojos y verá claramente que ambos nos encontramos en la costa del Río de la Plata.
Era cierto. Ahí estaba, el río nocturno y furioso estallando contra el rompiente. Una puta ruptura de tiempo y espacio me llevaron ilógicamente a un lugar en el que creí estar toda mi vida. El río, yo siempre estuve en el fondo del conchudo río. Escuche aviones, pero no las vi. Y él seguía ahí, a cien metros mío hablándome como un dictador nefasto desde su estrado. No logré controlar la congoja...
- ¿Usted sabe, Juan, qué tiene en la camisa?
Me contemplo el abdomen, lo palpo. Veo las yemas de mis dedos húmedas. Me sofoco, me ahogo, me fagocito enrabiado en la niebla de la noche.
- ¡Sangre! ¿Que me hizo?
- Fue usted quien caminó errante por la ciudad con un abismo de 20 centímetros en su estómago, señor. Nadie fue en su búsqueda, nadie corrió a auxiliarlo. Solo yo he sido el único que ha llegado a su encuentro. Su herida pronunciaba clamores sórdidos que resonaban en mi sesos, los clamores de la desesperación, del fin ...Yo solo cumplo con mi función natural. Yo soy parte de la naturaleza, como este río, como el útero en el que usted fue gestado. Soy cada gota de aire que respiró, el tiempo que tardó en crecer, en caminar, en amar, en hacer nada. Soy su última palabra.